Un alto en el día para rezar: invocamos al Espíritu Santo, escuchamos la Palabra, meditamos y oramos. Leelo con calma, sin apuro: son cinco minutos para estar con Dios.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. Buscá un rincón tranquilo, aflojá los hombros, respirá hondo un par de veces y silenciá las notificaciones: las urgencias pueden esperar unos minutos afuera. Hoy, en la fiesta de Todos los Santos, imaginá a Jesús sentándose en la montaña con la multitud a sus pies, y a vos entre ellos, listo para escuchar.
Ven, Espíritu Santo, y llená este rato de tu presencia. Vos que hiciste santos a tantos hombres y mujeres comunes, hacé también de mi vida un lugar donde Dios pueda habitar. Aquietá mis ruidos y mis apuros, y limpiá mi corazón de lo que lo endurece. Abrime los oídos para que las Bienaventuranzas no sean solo palabras lindas, sino un camino concreto para hoy. Enseñame a rezar con sencillez, como rezan los pobres de alma.
«Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.»Mateo 5, 1-12a
Hoy la Iglesia celebra a todos los santos, los conocidos y los anónimos, los de los altares y los de la puerta de al lado. Muchos de ellos fueron la abuela que rezaba en silencio, el vecino que daba una mano sin hacer ruido, el que perdonó cuando era más fácil guardar rencor. Jesús no les pide cosas extraordinarias: les dice felices a los que tienen el corazón puro y a los que trabajan por la paz. La santidad no es una medalla reservada a unos pocos, sino la vocación de todos los bautizados. Se construye en lo cotidiano, en una palabra amable, en una reconciliación, en una mirada limpia hacia el otro. Hoy podemos preguntarnos qué pequeño gesto de paz está a nuestro alcance. Y confiar en que esa multitud de santos reza con nosotros y nos espera.
Quedate un momento en silencio, sin apuro. Dejá que la Palabra baje de la cabeza al corazón, como esas palabras de Jesús que se escucharon en la montaña. Si aparecen distracciones, no pelees con ellas: dejalas pasar y volvé suavemente. Ofrecele a Dios lo que estás viviendo hoy y a las personas que querés, una por una.
Señor, te ofrezco este día con sus alegrías y sus cansancios. Quiero ser uno de los que buscan la paz y cuidan la limpieza del corazón, aunque me cueste. Poné en mis manos a las personas que necesitan consuelo, y sostenme cuando me falten las fuerzas. Y con la confianza de los hijos, rezo la oración que Jesús nos enseñó: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdoná nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Gracias, Señor, por este rato junto a vos y por la multitud de santos que nos acompaña. Que la paz que recibimos en esta oración llegue hoy a mi casa, a mi trabajo y a quienes se crucen en mi camino. Ayudame a vivir las Bienaventuranzas con sencillez, un día a la vez. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Cada jornada renovamos esta oración, inspirada en el santo y el Evangelio del día.
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