Un alto en el día para rezar: invocamos al Espíritu Santo, escuchamos la Palabra, meditamos y oramos. Leelo con calma, sin apuro: son cinco minutos para estar con Dios.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. Antes de empezar, buscá un rincón tranquilo, aflojá los hombros y hacé un par de respiraciones lentas, dejando que se acomode el ruido de adentro. Poné el teléfono en silencio un ratito y apartá las urgencias del día, para quedarte simplemente acá. En el Evangelio de hoy Jesús habla de una generación que se distrae con mil melodías y no sabe escuchar; pedile que este rato no sea un ruido más, sino un encuentro de verdad con Él.
Ven, Espíritu Santo, y quedate conmigo en este momento. Vos que conocés lo más hondo de mi corazón, abrilo para que sepa reconocer la voz de Jesús entre tantas voces. Sacame la sordera de los que oyen la flauta y no bailan, oyen el llanto y no lloran. Dame un corazón sencillo, capaz de descubrir la Sabiduría de Dios donde menos la espero. Disponé mi oración, sostené mi atención y encendé en mí el deseo de estar con el Señor. Amén.
«Llegó el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ¡Es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores!»Lucas 7, 31-35
Cornelio y Cipriano fueron dos pastores de los primeros siglos que, en medio de persecuciones y discusiones dentro de la Iglesia, eligieron cuidar la comunión y la caridad hasta dar la vida por ellas. Su amistad y su fidelidad nos recuerdan que la fe no se vive a puro capricho ni cada uno por su lado, sino sostenida por otros y arraigada en Cristo. En el Evangelio de hoy Jesús retrata a una generación difícil de contentar: a Juan lo criticaban por austero y a Él por cercano y festivo, siempre encontraban una excusa para no cambiar. Cuántas veces nos pasa lo mismo, que le exigimos a Dios que hable como nosotros queremos y, cuando no lo hace, le cerramos la puerta. Cornelio y Cipriano, en cambio, se dejaron trabajar por la gracia y descubrieron que la verdadera Sabiduría se acredita en quienes se animan a seguirla. Que su testimonio nos ayude hoy a bajar las defensas y a dejar que el Señor nos sorprenda. Pidámosles esa entereza serena para ser fieles también en lo pequeño de cada día.
Quedate ahora un momento en silencio, sin apuro, dejando que la Palabra baje despacio del pensamiento al corazón. Si aparecen distracciones, no pelees con ellas: simplemente volvé, con mansedumbre, a la presencia del Señor. Ofrecele lo que estás viviendo estos días, tus alegrías y tus cansancios, y también a las personas que querés. Como quien por fin reconoce la melodía de Dios, dejá que Él te hable en la calma.
Padre bueno, te ofrezco este rato y todo lo que soy, confiando en que me recibís como el amigo que se sienta a comer y beber con los pecadores. No quiero ser de los que se quejan de todo sin dejarse alcanzar por tu amor; quiero abrirte de par en par mi vida. Sostené mi confianza de hijo y enseñame a descansar en vos. Y con la confianza de los hijos, rezo la oración que Jesús nos enseñó: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdoná nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Gracias, Señor, por este rato de oración y por recordarme que sos un amigo cercano, que venís a comer y a beber con nosotros. Ayudame a llevar hoy esta paz a los que me crucen, sin quejas ni caprichos, con un corazón que sabe reconocer tu bondad. Que, como Cornelio y Cipriano, sea fiel en lo poco y testigo alegre de tu Sabiduría. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Cada jornada renovamos esta oración, inspirada en el santo y el Evangelio del día.
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