Un alto en el día para rezar: invocamos al Espíritu Santo, escuchamos la Palabra, meditamos y oramos. Leelo con calma, sin apuro: son cinco minutos para estar con Dios.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. Buscá un lugar tranquilo, aflojá el cuerpo, respirá hondo y soltá el teléfono y las urgencias de la jornada. Como aquel padre que se arrodilló ante Jesús para pedirle por su hijo, poné vos también de rodillas el corazón y acercale lo que llevás. Durante estos cinco minutos no tenés que resolver nada: alcanza con estar delante de Él y confiar.
Ven, Espíritu Santo. Llená el corazón de tus fieles y encendé en ellos el fuego de tu amor. Enviá tu Espíritu y renová la faz de la tierra. Ven, Consolador, dulce huésped del alma: quedate conmigo en estos cinco minutos. Aquietá mi corazón, callá mis ruidos, ordená mis pensamientos y enseñame a estar, sencillamente, delante de Dios. No busco muchas palabras; alcanza con abrirte la puerta y dejarte entrar.
«Si tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, dirían a esta montaña: Trasládate de aquí a allá, y la montaña se trasladaría; y nada sería imposible para ustedes.»Mateo 17, 14-20
Los discípulos no pudieron curar al muchacho, y Jesús les señala el motivo con ternura y firmeza: les faltaba fe. No pide una fe enorme, sino verdadera, del tamaño de un grano de mostaza, esa que confía aunque todavía no vea el resultado. Santo Domingo de Guzmán entendió bien esto: recorrió los caminos predicando el Evangelio, pobre y confiado, seguro de que la Palabra tiene fuerza para mover montañas de dudas y de miedo. También a vos, hoy, te toca alguna montaña que parece imposible: una enfermedad, un vínculo herido, una situación que no se destraba. No se trata de tener más fuerza, sino de ponerte de rodillas como aquel padre y traerle a Jesús eso que no podés solo. Confiá: lo que a vos te supera, no lo supera a Él. Dejalo actuar, y vas a ver que de a poco la montaña empieza a moverse.
Quedate ahora un momento en silencio. No hace falta decir nada. Dejá que estas palabras bajen del pensamiento al corazón. Si te distraés, no te pelees con vos mismo: volvé despacio, como quien vuelve a casa. Y ofrecele a Dios lo que estás viviendo hoy: lo que te alegra y lo que te pesa, y las personas que llevás en el corazón.
Tomá, Señor, y recibí toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad; todo lo que tengo y poseo. Vos me lo diste; a Vos, Señor, lo devuelvo. Todo es tuyo: dispón de ello según tu voluntad. Dame solamente tu amor y tu gracia, que eso me basta. Y con la confianza de los hijos, rezo la oración que Jesús nos enseñó: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdoná nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Gracias, Señor, por este rato de oración y por recordarme que una fe pequeña, puesta en tus manos, alcanza para mover montañas. Llevame hoy esa confianza a la vida de todos los días, para acercarme a los que sufren y sostener a quienes no pierden la esperanza. Que allí donde encuentre una dificultad, sepa traértela a vos antes que rendirme. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Cada jornada renovamos esta oración, inspirada en el santo y el Evangelio del día.
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