«Ser de la Virgen nomás.» Así se definía Manuel, primer devoto y guardián de su sagrada imagen.
Manuel Costa de los Ríos nació y se crió en las islas de Cabo Verde, donde fue bautizado siendo niño. Llegó al Río de la Plata como parte de un lote de esclavos africanos provenientes de Pernambuco (Brasil), para ser vendido en Buenos Aires. Su primer amo fue el capitán Andrea Juan; luego pasó a manos de Bernabé González Filiano, administrador de la estancia a orillas del río Luján donde, en 1630, ocurrió el milagro de la Virgen.
Bernabé le encomendó el cuidado de la sagrada imagen. Con los años, sus herederos vendieron a Manuel para que se convirtiera en «propiedad de la Virgen»: cuando la primitiva capilla cayó en abandono, doña Ana de Matos —en cuyas tierras se levanta hoy la Basílica de Luján— pagó 250 pesos para que Manuel siguiera cuidándola. Lo hizo hasta su muerte, en 1686.
En una pequeña capilla de barro y paja, Manuel recibía a los peregrinos que se acercaban a venerar la imagen y ungía a los enfermos con el sebo de las velas. Se consideraba a sí mismo servidor de la Virgen y la invocaba como su «Ama» y «Señora». Los cronistas de la época lo recuerdan como un hombre humilde, de barba crecida y vida austera, semejante a un ermitaño.
Según la tradición, la propia Virgen le reveló el día de su muerte. Sus restos reposan bajo el altar mayor, a los pies de la imagen, en la antigua capilla de Pedro de Montalvo, a unos cien metros de la actual Basílica de Luján.
Hoy, la figura de Manuel —considerado el primer esclavo de la Argentina en camino a los altares— es venerada por fieles, sacerdotes, laicos y organizaciones de afrodescendientes que impulsan su causa de beatificación, cuyo postulador es Monseñor Juan Guillermo Durán. Su memoria vive también en nuestra parroquia, en la Casa del Negro Manuel, nuestro espacio social y pastoral.